viernes, 29 de abril de 2011

Todo crece en un puñado de sal

Ayer navegué en el barco del olvido, ayer por primera vez en 27 años supe, por un momento, lo que era navegar totalmente alejada de la conciencia, en ese barco, sólo sentía el vaivén de las olas, no hacía frío, ni calor, ni mi mente merodeaba para molestar, no escuchaba ni siquiera el ruido de las olas o de las gaviotas aletear a un lado.
Solo recuerdo haber llegado a la orilla de la playa fue entonces que me subí en una barca sin saberlo, un sentimiento de alegría inundaba todo mi cuerpo y se escapaba por los poros y por una sonrisa, dentro del universo de unos ojos cerrados, rayas infinitas salían haciendo música, haciendo ondas bajas y altas iluminaban con luces tenues, a veces centelleantes en un universo incoloro donde no existía de pronto ni el mar, ni las gaviotas, ni el sol ni nada…no había ningún recuerdo físico, sólo había un montón de sensaciones que me emborrachaban y me perdían cada vez más amenazándome con expulsarme para siempre de un cuerpo etéreo,era de hecho,como formar parte de un pequeño cielo, no supe cuanto tiempo estuve ahí  pero nada me faltaba, ni deseaba nada, todo era perfecto y ahí mismo estaba todo lo que necesitaba y más.

Me tumbé en la barca, me gustaba mecerme en ella, la barca era resistente y estaba bien capitaneada, se dejaba llevar por el movimiento natural de las aguas y alto en el cielo el universo incoloro pasaba a ser de un anaranjado rosado, iluminado donde ya no había gaviotas, solo un vaivén, un barquito y un timón conducido por nadie, unos largos cabellos apenas pendían mojados por el agua salada y tibia.
De pronto, me mimeticé con la barca, me hice uno y me fundí en la madera, pase a ser una esmeralda de madera, me integraba a una forma ligera y hueca, casi inerte, ese verde brillante ya no resplandecía, estaba oculto, en los poros de la madera de la barca pero curiosamente seguía sintiendo como la especie de cuerpo que ahora tenía seguía vagando en medio del agua calma y era ligera ligera…ligera.
3 veces santa seas barca, 3 veces más te fundas en mi, mañana vendré de nuevo a ti, a la orilla del mar, para que atravesemos el mundo y los océanos enteros, he cruzado mares y siglos en busca de ti.

jueves, 28 de abril de 2011



Un amigo, Mario Rosas

Unos meses más tarde, los cabellos arrancados de su cabeza se colaban entre la coladera de la tina de mármol, estaba exhausta, con los ojos abultados de tantas lágrimas. Algunos rasguños en su cara dejaban huellas, sentía la cabeza adolorida del frente, de atrás…de los costados, una nube de imágenes apenas le dejaban adivinar qué había pasado y le era difícil saber si se encontraba en medio de la realidad o en medio de otro sueño que la había despertado a media noche.
Aquella tarde, al dar las 6, había partido de casa, con el cabello perfumado y el pequeño bolso de mano. Ever la fue a encontrar a la estación del autobús de siempre, antes de ir al pequeño bar pensaron en detenerse algún rato en su casa para charlar mientras se bebían una copa. Pasado un buen rato, Ever se amarró el cabello, apagó la música y dando una última inhalación a la raya blanca sobre la tarjetilla de plástico tomó de la mano a Carmina y partieron, quedando  tras ellos una nube de polvo blanco rancio que olía a plástico quemado.
 La noche había caído y ya las luces neón de los bares estaban encendidas y un mundo de gente se perfilaba a entrar en los bares de mayor demanda. En la otra esquina de la calle, el café Alison, acondicionado en una vieja casona de los años 40’s aguardaba como punto de encuentro de algunos  pseudoartistas y de algunos románticos safados.
La velada en uno de los cuartos acondicionados de tan peculiar cafecito pasaba lánguida, calma, con aquél aire de desenfado un tanto burgués; Eber se disculpó un momento para ir al baño. Con los ojos medio nublados y levantando la mirada, los ojos de Carmin se fueron a topar con los de otras dos chicas, que estaban sentadas justo en el canapé de enfrente, de  una de ellas le sonrió, le hizo una seña sacando su lengua y pasándola sobre los labios. Carmin se enrojeció, bajo la vista y sintió alivio al ver que Eber se encontraba en el vestíbulo pagando el consumo, así que dando el último trago se puso en pie y se enfilo hacia el cajero.
En cuestión de segundos su cabeza era sacudida por maremotos, el caracol de la escalera con sus candelabros bailaban al son de la música, su boca abierta dejaba escapar risas y sus piernas pendían de los brazos de él, Eber descendia la escalera de caracol a todo galope, como un caballo sin frenos que fuera a estampar a su jinete en el suelo seco…no debía ser fácil bajar cien escalones con la chica acuestas, pero tomando en cuenta que se sentía un ser poderoso y que su trabajo forjando metales pesados le había ayudado a  formarse de un cuerpo delgado y correoso, era entonces comprensible poder comprender tal osadía de bajar cien escalones con aquél cuerpo menudo a cuesta que dejaba escapar risillas ingenuas.
En medio de las calles, las luces neón ya estaban apagadas y los bares de moda cerrados, enmarcados por calles solas anegadas de charcos en los que acaso se reflejaba la sombra de algún gato y las prostitutas de la zona roja estaban ya en algún cuarto del “hotel Canadá”  al servicio de otro cliente más, como cada sábado.
La pareja iba rumbo a casa, él andaba con aquel entrecejo fruncido que lo caracterizaba, quizá huella de 7 años de trabajo en la nave industrial, quizá huella de la prisión en la que estuvo encerrado un año,  su mente parecía fugarse y la excitación con la que descendía minutos antes por las escaleras del café había desaparecido; eclipsado por un torbellino de ideas, taciturno, le gustaba pensar que poseía la fuerza de 10 demonios y que se paseaba entre las sombras de la noche al lado de su ”cherie”. Ella, saltaba de charco en charco, no pensaba en nada, tan sólo veía reflejar su sombra alargada a la penumbra de los faros que junto con la luz de la luna alumbraban un poco el camino a casa, y así, de charco en charco y de brinco en brinco saltó traviesamente de su chaqueta aquél papelillo doblado en el que se podía leer “Mario Rosas” acompañado de su número de teléfono,  papelillo que desataría una lucha sin fin entre los dos amantes, una lista de reproches  y una bocanada de argumentos sin sentido.
Carmina recuerda así: Logré ver mi rostro aterrado reflejado en sus ojos, no había ninguna palabra que pudiera alcanzar sus oídos, todos mis argumentos parecían en vano, y tan pronto como pude mi camino rumbo a su casa se trataba ya de un intento por ponerme a salvo, de escapar de las monstruosas alas que salían de sus costados amenazando con cubrirme y arrástrame a un abismo, yo corría  ya sin preocupación de batirme en los charcos, sólo sonaban las gotas que chaspeaban entre los muros de los callejones y aquella luz de luna ahora enmarcaba su silueta a lo lejos, que me seguía con paso firme, a Eber le daba lo mismo si yo apretaba el paso o si él seguía con su mismo paso lento y firme en medio de las calles desiertas, el tiempo y las condiciones serían mi verdugo y de él, sus  aliados, me encaminaba a un callejón sin salida, me dirigía en efecto a su casa, pensaba timbrar, su madre me abriría, sus hermanos estaban en casa
-“No estaré sola, no me pondrá una mano encima”. -pensé confiadamente-
Tan sólo entraría  en su casa, recuperaría mi bolso y me marcharía, todo terminaría, en pocos minutos estaría en un taxi de vuelta a mi casa, prefería tomar el riesgo de tomar un taxi a perderme entre las garras de una bestia poseída y desquiciada.
Pero nadie abrió la puerta de su casa, su madre parecía evadirse en un profundo sueño inducido por las fuertes píldoras a las que  se había hecho adicta hacía mucho tiempo, y sus hermanos….bueno, hay veces que las personas piensan que es mejor hacer de oídos sordos, unos mintos después el demonio llegó, muscitó algunas palabras que mi cerebro ha bloqueado porque sólo sentí miedo y ahora me es difícil recordarlas, enseguida abrió la puerta,entramos, se posó en la misma cocina donde momentos nos carcajeábamos,  ahora sólo vociferaba latigazos verbales que se escurrían por mis oídos, que reventaban mis tímpanos y se colaban en lo más profundo de mis neuronas, las manos cubriendo los oídos y los párpados haciendo vanos esfuerzos de cerrarse ante la escena del diablo que hacía su entrada triunfal en medio de un escenario desfavorable, todo parecía hacer agudas heridas con puntiagudas lanzas…” –sollozos-
Corrió a ponerse a salvo en el lugar que entonces le pareció más seguro. El cuarto de baño, que se encontraba a unos metros en el jardín, al lado del limonero. Se encerró con tranca, y se puso en cuclillas, aquellas palabras escupidas le martillaban el cerebro, quería que desaparecieran, hubiera deseado ella misma desaparecer de la faz de la tierra,  se encontraba en el estado más vulnerable que se pudiera tener, las fuerzas se le iban, se le escurrían a través del brazo, para salir por los dedos de las manos, primero golpeando con toda su fuerza su cabeza, en un intento por acallar las rudas palabras que golpeaban aun en su mente, al ver que no daba resultado intentó tirar de sus cabellos la cabeza se zangoloteaba de un lado al otro en un ir y venir de ecos que golpeaban aún más fuerte, no había poder humano que los pudiera hacer callar, se levantó, miró su cara en el espejo estrellado y vio apenas sus ojos asomarse entre una maraña de cabellos desordenados, se odió aún más, se flageló aún por aguantar esa vida de trapo y como la marioneta sin hilos que  se sentía ,decidió flagelarse más….aterrada soltó un grito de pánico y resbaló sus manos por el rostro hundiéndose las uñas en las mejillas rosadas. Se oían unos toquidos desesperados al otro lado de la puerta, nadie contestaba en el interior de la sala de baño, uno ,dos, tres golpes bastaron para vencer la clavija y entrar al cuarto de baño…

-Pero mi cherie! ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?, oh dios! Contéstame por favor! –
Un cuerpo pequeño, menudo, yacía inerte a un lado de la bañera de mármol, el agua fría escurría para llevarse una maraña de cabellos arrancados, como si con ello borrara las trazas de aquella desdichada noche…. Everardo, la tomó entre sus brazos, sus piernas pendían, apenas el movimiento de un párpado dejaba entre ver sus signos vitales, el huracán parecía haber pasado, ni su cuerpo inerte, ni su voz respondían, se encontraba ella tan sólo a la merced de su propia mente, que no la dejaba sola y que le reprochaba, que le reprochaba constantemente y que le exigía cortar los hilos a la marioneta o de lo contrario las NEREIDAS le contarían a ella los hilos, pero de la vida.
-Y qué quieres que yo haga…..tengo que….tengo que…yo sé lo que tengo que hacer!-

Después de que Ever la dejó en la cama, la cobijó y ella cayó en un sueño profundo, del que no se despertó hasta pasadas doce horas, doce horas en las que oía leves susurros en su oídos que decían
- Mi cherie, mi cherie, te amo más que a mi vida” nunca me dejes” pobrecilla,que te has hecho?
Eran alrededor de las 7 de la mañana del día siguiente cuando abrió los ojos, él estaba dormido, exhausto por velarle el sueño, dormía profusamente, ella, se levantó cuidadosamente de la cama, levantó el mentón y se perfumó los cabellos y tomando su pequeño bolso, salió dejando la estela de un aroma que asfixia, que recuerda y latiguea las alas rotas de un demonio que yace en un abismo del que Carmin pudo salir al día siguiente.
A veces hay llamadas perdidas en su número telefónico, pero Carmin se ha convencido de que hay ocasiones en que lo mejor es hacer de “oídos sordos”.